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El costo de la bondad

Por Juan Ruiz Galán


Realmente, no sé si con justicia o no, a mí no me admira el ingenio, porque se ve que hay muchos hombres ingeniosos en el mundo. Tampoco me asombra que haya gente con memoria, por grande y portentosa que sea, ni que haya calculadores; lo que más me asombra es la bondad, y esto lo digo sin el menor asomo de hipocresía. Pío Baroja


A través de la vida he escuchado, una y otra vez, que el hombre es un ser con inclinación natural hacia el bien y que, por tanto, debo ser un buen hijo, un buen estudiante o un buen trabajador. Enseñanza que, siendo inculcada por padres, maestros, leyes y religiones, procura dirigir mi conducta – y la del ser humano – a hacer el bien en todos los aspectos.

Sin embargo, el juicio de la historia me hace reflexionar sobre dicha enseñanza, pues cuesta entender porqué la vida de personas tan excepcionales y bondadosas en nuestro pasado está rodeada de tragedias. Tragedias como la persecución, el abuso, el encarcelamiento, el homicidio o la crucifixión que han tenido que sufrir los mártires de la historia para dejar su huella de bondad e inspiración en el mundo. Luego entonces, me es ilógico que estos héroes hayan atravesado el umbral del dolor para darle sentido al camino de la humanidad, si han hecho lo que, naturalmente, todo ser humano está destinado a hacer.

Bajo este pensamiento, la historia no es precisamente un incentivo para hacer el bien. ¿Y nuestro día a día? Tendríamos que reflexionar sobre el estudiante con alta calificación que sufre de bullying; el empleado del mes que se convierte en el próximo enemigo; el ciudadano que, por denunciar un delito, se convierte en la víctima de un sistema judicial corrupto o, en un caso más general, todo hombre que de buena fe brinda ayuda a alguien para después ser pisado por éste, por nombrar algunas situaciones de la vida cotidiana que, en lugar de demostrar que ser bueno produce satisfacción, hacen pensar que la realización del bien trae el sufrimiento o, en el mejor de los casos, que es indiferente para el mundo hacer o no el bien.

Y en la decepción de hacer el bien, uno podría preguntarse ¿para qué estudiar si todos van a copiar?, ¿para qué denunciar un caso de corrupción si no va a pasar nada?, ¿para qué pagar una multa si sale más barata la mordida?, ¿para qué desgastarse yendo a pagar los impuestos cuando es más fácil sobornar a los auditores?, ¿para qué intentar ser un político honesto si todos son corruptos?, ¿para qué intentar ser un político honesto si todos son corruptos?, ¿para qué hacer buenas acciones si nadie lo agradece? Creo que, en términos fríos, es mucho más cómoda una vida indiferente entre hacer las cosas bien o mal, que una vida en la búsqueda de la verdad, la justicia y la bondad; y este dilema no sólo se queda en el individuo que se arriesga a hacer el bien, sino que se constituye en un problema para todo aquél que quiera creer en un mundo bondadoso.

En este sentido tenemos una sociedad paradójica, pues mientras nuestras normas y el mundo del deber ser se basan en el sentido del bien y fomentan las acciones virtuosas y éticas, en la vida diaria suele prevalecer la confrontación, la envidia o la ambición entre los hombres.

En síntesis, creo que el buen ejemplo produce, principalmente, dos reacciones opuestas: motivación o envidia. Si ocurre ésta última, no se me haría extraño prever lo anteriormente escrito. Por otro lado, si se motiva y se logra que el prójimo siga el camino del bien, eso, es un verdadero milagro.

Por último, considero que el llamado del bien exige decidir permanentemente entre las dos voces que compiten por conquistar el corazón; ya sea el bien o el mal. Ya tocará preguntarse si, aún con los riesgos, se decide luchar por un mundo bondadoso.


“Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.” San Mateo 5, 10-12