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Esperanza e inteligencia emocional para la prevención de las conductas ilegales en adolescentes

Nicolás H. Varela


Según cuenta la leyenda, Pandora recibió de los dioses una misteriosa caja con instrucciones de no abrirla bajo ninguna circunstancia. Pero un día, dominada por la curiosidad y la tentación, Pandora abrió la caja dejando en libertad a todas las desgracias del mundo: el odio, la envidia, la avaricia, el miedo, y otras. Asustada se apresuró a cerrar la caja dejando atrapada en su interior solamente a la esperanza.

Esta historia siempre llamo mi atención, ¿por qué la esperanza, que solemos entender como algo bueno, estaba atrapada junto con los otros males? ¿Sería realmente la esperanza otra desgracia en realidad? Como decía Nietzsche al describirla como: “el peor de todos los males porque prolonga los tormentos del hombre”.

Otra teoría dice que Prometeo, el titán que le robó el fuego a los dioses y se los dio a los hombres, había puesto la esperanza dentro de la caja ya que, en caso de que la caja se abra, era el único antídoto que hace soportable las demás desgracias que estaban encerradas con ella.

Mi interpretación es que en esencia la esperanza no es ni mala ni buena por sí misma; pero podemos distinguir dos clases de esperanza: la primera, que podemos llamar ciega, supone el punto de vista alegre de que todo saldrá bien y que únicamente hay que esperar (de donde justamente viene la palabra esperanza) que todo se solucione por arte de magia. Creo que esta clase de esperanza puede ser dañina ya que nos ubica en un rol pasivo que termina limitando nuestras posibilidades.

Pero existe otra clase de esperanza, aquella que la interpreta no como un estado de contemplación, sino de acción. Esperanza como convicción de que uno tiene la voluntad y los medios para alcanzar sus objetivos y aquella que ayuda a nuestra lucha por un futuro mejor. Esta creo es la esperanza que vale la pena tener.

Las conductas de riesgo en jóvenes muchas veces son consecuencia de la búsqueda de placer en el presente sin consideración por las consecuencias que dicho comportamiento podría tener en el futuro.

Tratar de reconocer la esperanza como brújula hacia un futuro mejor, como mirada y contemplación del presente en miras del futuro que queremos para nuestra vida puede ayudarnos a tomar mejores decisiones en el ahora. Convencidos que sin importar las circunstancias que estamos atravesando hoy, no necesariamente ellas deben definir nuestro futuro. La “buena” esperanza nos hace tomar la responsabilidad, como esa habilidad para elegir la respuesta que queremos tomar frente a las circunstancias que nos enfrenamos.

Y si bien puede ser difícil mantener la esperanza frente a las tragedias y fracasos es interesante recordar que a Walt Disney lo despidieron de un diario porque según su director le faltaba imaginación y no tenía ideas originales, la productora Decca rechazo a los Beatles aduciendo que los grupos de guitarra no iban a prosperar, a J.K Rowling le rechazaron el manuscrito de Harry Potter 12 editoriales diciendo que era muy largo para un libro de niños, la profesora de música de Elvis Presley le dijo que no tenía aptitudes para el canto y Spielberg fue rechazado tres veces en su ingreso a la Escuela de Cine de la Universidad de California.

Creo que el éxito no se mide sólo por lo que conseguimos, sino también por lo que superamos, como decía Churchill: “El éxito es la habilidad de ir de fracaso a fracaso sin perder el entusiasmo” y es así porque el camino para convertir nuestras ideas en una realidad esta pavimentado de fracasos, o en palabras de Benedetti “no hay arcoíris sin un poco de lluvia”.

Llegamos a cualquier lugar en la vida a través de un proceso de experimentación, cometiendo errores, aprendiendo de ellos y mejorando. Cuando un niño está aprendiendo a caminar y se cae un par de veces nunca piensa: quizás esto de caminar no es para mí. Tenemos que recuperar ese espíritu que tienen los niños de animarnos a lo nuevo, a ser curiosos, a maravillarnos y aprender a jugar en el camino. Todos los seres humanos tenemos un niño en nuestro interior (sobre todo las embarazadas).

Debemos celebrar nuestros errores porque son parte de nuestro aprendizaje y creo que esa es una gran deuda que tienen muchos sistemas educativos en la actualidad, ver el error como lo peor que podrían hacer los alumnos en vez de fomentar la experimentación y la resiliencia ante los fracasos. Porque la mayor barrera para aprender algo nuevo no es intelectual, sino emocional. El miedo de fracasar o la desmotivación que no vas a poder hacerlo.

Cada vez más estudios científicos denuestan que la esperanza juega un papel increíblemente poderoso en la vida al ofrecer una ventaja en ámbitos tan diversos como logros académicos, atléticos, en nuestras relaciones personales y profesionales. Las personas que albergan más esperanza muestran menos depresión que las demás y son menos ansiosas en general.

En medicina, se demostró la esperanza mejora la recuperación en pacientes, previene las infecciones, mejora la cura y remisión del cáncer, decrece la mortalidad de enfermedades del corazón y ralentiza la progresión de VIH. En un estudio evaluaron niveles de optimismo y pesimismo de personas que tuvieron un ataque cardiaco. Ocho años más tarde de los 25 hombres más pesimistas 21 habían muerto, de los 25 más optimista ocho años después 21 seguían vivos.

Otro estudio con chicos de la escuela secundaria mostró que alumnos con mayores niveles de esperanza tienden a graduarse más de la universidad. Charles Snyder, psicólogo de la Universidad de Kansas, llevo a cabo un estudio. Comparó los logros académicos de alumnos de primer año que tenían un nivel elevado y un nivel bajo de esperanza y descubrió que la esperanza era un mejor pronosticador de notas de lo que habían sido sus pruebas de aptitud que supuestamente tienden a prever como se desempeñaran los alumnos en la Universidad (y que está muy relacionado con el Coeficiente Intelectual). Las aptitudes emocionales marcan la diferencia. Snyder lo expresa así: los alumnos que abrigan mucha esperanza se fijan metas más elevadas y saben cómo trabajar arduamente para alcanzarlas. Cuando se comparan los logros académicos de alumnos que poseen aptitudes intelectuales equivalentes, lo que los distingue es la esperanza.

Creo que la esperanza supone un conjunto de habilidades relacionadas con la automotivación, el entusiasmo, la perseverancia y la resiliencia que están íntimamente vinculados con la inteligencia emocional, termino popularizado por Daniel Goleman, que implica nuestra capacidad de reconocer y regular las emociones así como su efecto sobre los demás y responder a ellas de manera efectiva para guiar el pensamiento y la acción.

Aristóteles decía que el hombre es un animal racional, seres racionales con sentimientos, pero hoy, los científicos acuerdan que el interruptor central del cerebro es nuestra parte emocional. Somos seres emocionales que aprendimos a pensar y no maquinas pensantes que sentimos. Los sentimientos no son algo que podamos programar.

No podemos decir: -“Estoy muy ocupado para estar triste ahora, pero la semana que viene tengo agendado un hueco de 20 minutos para llorar”. Las emociones no las decidimos, suceden, pero lo que podemos decidir es que hacer cuando están.

Nuestras emociones son predisposiciones para actuar, son el mayor motivador para el accionar humano. Etimológicamente, el término emoción viene del latín emotĭo, que significa "movimiento o impulso", "aquello que te mueve hacia". Porque la emoción tiene mucho dominio sobre nuestra razón. Según un estudio de la escuela de negocios de Harvard el 95% de las decisiones de comprar cosas suceden de manera inconsciente por nuestras emociones. Compramos con la emoción pero lo justificamos con la lógica. Esto pensado en términos evolutivos, tiene su lógica ya que el cerebro límbico (donde se encuentra una parte esencial de las emociones) lleva más de 200 millones de años sobre la tierra y el córtex (la parte más nueva del cerebro, que contiene las partes más racionales) apenas tiene 100 mil años.

El autocontrol, que tiene una intima relación con las conductas de riesgo en jóvenes, implica hacernos más responsables de nuestras respuestas emocionales. Porque cuando nos capturan las emociones no somos libre porque no estas accionando, estamos reaccionando, como un reflejo. Las emociones entorpecen o favorecen nuestra capacidad para pensar y planificar, para llevar a cabo acciones para una objetivo propuesto, para resolver conflictos y determinan nuestros desempeño.

En una situación de conflicto la respuesta fácil es la de reaccionar. La de atacar al otro, echar culpa, justificarnos. La respuesta difícil suele ser la acción, la de ponernos en el lugar del otro, la de perdonar, la de tratar de comprender que lleva al otro a actuar así o asumir la responsabilidad cuando nos equivocamos. Y a veces esta bueno tratar de hacer lo difícil.

Viktor Frankl, psiquiatra que vivió en los campos de concentración Nazis, llamó la última "de las libertades humanas" a la libertad que ni sus captores nazis le podían quitar. Podían controlar completamente la situación y el ambiente, podían hacer lo que quisieran con su cuerpo, pero nunca le iban a poder quitar su capacidad para decidir la actitud personal que debe adoptar. Podía decidir, dentro de sí, como todo aquello podría afectarle. Porque existe un espacio entre el estímulo y la respuesta donde residen nuestra libertad. Libertad para decidir cómo actuar frente a ese estímulo y decidir quién queres ser frente a esa circunstancia. Significa ser libre, porque los reactivos no tienen esa libertad para decidir cómo actuar sino que sólo reaccionan.

Y no significa que haya que negar o suprimir emociones o que tenemos que estar todo el tiempo extremadamente felices, no, porque la diversidad de nuestras emociones compone la riqueza de lo que nos hace humanos. Pero siempre recordando que somos dueños de nuestras emociones, pero ellas no son dueñas de nosotros.

Cuanto más conozco mis emociones mejores decisiones puedo tomar. El simple hecho de etiquetar tu emoción ya hace que estés menos sobrecargado emocionalmente. Preguntarte ¿qué estas sintiendo: es enojo, ira, frustración? Solamente describir la emoción ayuda a reducirla. Y tratar de averiguar ¿qué te está diciendo esa emoción, qué te está pidiendo? para tratar de encontrar la mejor manera de actuar sobre ella.

También requiere darnos cuenta que emociones estamos transmitiendo a los demás. Hay un caso de un piloto de avión que tenía muy mal temperamento. Un día hubo un problema en la pista y piloto se quedó dando vueltas por Houston hasta que se arregle el problema. El copiloto notó que se estaban quedando sin combustible pero no dijo nada por miedo del mal temperamento que tenía el piloto. Como resultado el avión estrello y 10 personas murieron. El audio de la caja negra de ese avión se usa hoy en día para enseñar la importancia de la comunicación porque dicen que hasta el 90 por ciento de los accidentes podrían evitarse si hubiera una mejor comunicación. Como ese piloto que puede generar un clima de tensión en una cabina, nosotros podemos elegir que emociones queremos contagiar.

Siguiendo con los griegos, Aristóteles decía “Cualquiera puede enojarse - eso es fácil, pero enojarse con la persona adecuada, en el momento adecuado, en la medida adecuada y de la forma adecuada es cosa de sabios”

La buena noticia es que la inteligencia emocional se puede aprender. Cuando incrementas tu inteligencia emocional nos volvemos más asertivos, manejamos mejor el estrés y hasta manejamos mejor el tiempo. Trabajar aunque sea un poco en nuestra inteligencia emocional tiende a generar un gran impacto. Estudios muestran que el 60% del rendimiento en el trabajo de una persona está marcado por su inteligencia emocional. Especialmente en posiciones de liderazgo.

Por último, la inteligencia emocional nos ayuda a trabajar mejor con otros. Hay que aprender a trabajar en equipo de manera colaborativa porque la construcción de conocimiento suele ser colaborativa.

Considero que aprender a desarrollar un poco nuestra inteligencia emocional y nuestra esperanza, puede abrirnos infinitas puertas para nuestro futuro y ayudar a los más jóvenes a prevenir innumerables conductas de riesgo.

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