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ESQUEMA POLÍTICO ECONÓMICO DE AMÉRICA LATINA EN UNA ÉPOCA POST DORADA

Bárbara Cortés Cabrera


Introducción. América Latina: Una ilusión de región emergente y democrática


Tras el paso de América Latina por su época dorada, expertos en la materia presagiaban que el siglo XXI constituiría una época de bonanza económica para la región. Asimismo, la oleada democratizadora que le antecedió a esta época de apogeo económico, auguraba una nueva etapa de consolidación de instituciones democráticas, tras haber sido dañadas por gobiernos factuales. Empero, los pronósticos políticos y económicos no fueron del todo asertivos, y la mayoría de los países de la región no han sabido sobrellevar estos procesos mediante reformas políticas y económicas que permitieran extender y afianzar las instituciones democráticas y un desarrollo económico, por lo que la llamada potencia emergente de América Latina no ha podido conquistar la consolidación que tanto se auguraba.


Mapa Político Económico de América Latina: De Giros, Avances y Retrocesos.


El siglo XX ha estado marcado por importantes sucesos históricos, los cuales han tenido por aparejadas consecuencias políticas y económicas, reconfigurando las estructuras económicas, las relaciones de integración y cooperación entre ellos; y asimismo, el mapa electoral y político. Todo lo anterior en un escenario altamente globalizado.

Para América Latina la situación no ha sido diferente. En el plano político, tras un largo periodo de gobiernos de facto, iniciada la década del 90` la región comenzó un firme proceso de retorno a la democracia, sumado a la salida de la “década pérdida”, razón por la cual América Latina era sindicada como una región emergente y competitiva.

Desde la vereda económica, la región se insertó plenamente en el fenómeno de la globalización, permitiéndole mayor movilidad de los recursos como resultado de los avances tecnológicos y la remoción de las barreras regulatorias (Krause, 2011), que derivó en una tendencia hacia la apertura de los mercados internos al exterior, y por un

gran desarrollo del multilateralismo, y del regionalismo (Del Piano, 2007). Así, durante la época dorada, en el período 2003-2008, el PIB de la región latinoamericana emergente creció en promedio 4,6 %, permitiéndole a cerca de 40 millones de personas abandonar las filas de la pobreza; y particularmente, durante los años 2004-2007 se obtuvieron las mayores tasas de crecimiento, que permitió que unos 73 millones de personas dejaran atrás la pobreza moderada como resultado de la ampliación de los programas sociales y de oportunidades económicas para todos.

También se han logrado importantes avances en igualdad de género, pues si bien el aumento de la participación laboral de las mujeres ha sido constante, y se mantenía en 50,3% al tercer trimestre de 2018, esta tasa aún está más de 20 puntos porcentuales por debajo de la de los hombres (OIT, 2018); y actualmente hay más mujeres que hombres en la educación superior (Casilda, 2013).

Por su parte, en el plano político, tras el retorno a la democracia, América Latina vivió un largo ciclo girada hacia las corrientes izquierda, casi sin contrapesos, y ganando holgadamente cada elección. Durante este periodo, aumentaron las tasas de crecimiento económico, y según Yopo (2016), se implementaron políticas redistributivas que en algunos casos sacaron a millones de la pobreza, y permitieron disminuir el impacto brutal de políticas neoliberales implantadas. Sin embargo, mientras Latinoamérica aumentaba su riqueza, al mismo tiempo crecía la desigualdad económica en ella, aumentando el descontento ante procesos concentradores que marginaban a las mayorías “del progreso” que se estaba viviendo en la región. Frente a lo anterior se crearon las condiciones para que se implementasen estas políticas redistributivas que tuvieron importante éxito en países como Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador y Uruguay, y en Venezuela durante los primeros años del chavismo.

A consecuencia del éxito de las medidas adoptadas, varios de estos gobiernos fueron reelegidos durante la última década y media. Sin embargo, el poder se desgasta, y así lo han dejado de manifiesto las crisis políticas e institucionales experimentadas, en la cual han quedado al descubierto situaciones de cohecho, corrupción, tráfico de influencias, deficiencias en la gobernanza, faltas a la probidad y transparencia.

Usualmente –como señala Herrera (2017)- nos hallamos viviendo en configuraciones políticas estables, dentro de Estados con instituciones económicas, sociales, culturales más o menos asentadas. Sin embargo, la perspectiva de la estabilidad alcanzada suele perderse por parte de los pueblos y sus dirigentes, cuando la misma ha durado décadas. Por lo anterior es que el cambio de panorama político ha sido generalizado, siendo en la actualidad muy pocas las coaliciones y partidos que en la actualidad logran permanecer períodos extensos en el gobierno.

Por ello, para Yopo (2016) , era previsible que después 15 años, en un contexto de bajo crecimiento, deterioro pronunciado en los precios de los commodities, aplicación de políticas de ajuste como resultado de lo anterior, cleptocracia como fenómeno reiterativo, ciudadanías más empoderadas e informadas decidieran probar otras opciones y/o “castigar” a partidos y coaliciones de gobierno que llevaban largo tiempo en el poder.

Así, como expresa Núñez (2011), desde finales de 2009, y a lo largo de 2010, se constató un cambio que, para algunos analistas, suponía que el “giro a la izquierda” en América Latina estaba agotado, lo cual quedó demostrado en las elecciones del año 2010, en las cuales Ricardo Martinelli triunfó en Panamá, Porfirio Lobo en Honduras ambos en 2009, Sebastián Piñera en Chile en 2010 y el de Juan Manuel Santos en Colombia en 2010. A ellos, les siguió Argentina el 2015 con Macri; luego, el 2016, en Perú con la elección de Pedro Pablo Kuczynski, y en Brasil con la elección de Michel Temmer, terminando éstos últimos dos anticipada y abruptamente sus mandatos. Así, dentro de la última década hemos presenciado en la región latinoamericana un panorama de sucesiva alternancia política en elecciones presidenciales, que no permiten aseverar la permanencia de un giro político hacia la derecha o hacia la izquierda.

El desgaste referido, el cual ha dado paso a gobernantes de nuevos sectores políticos, para Aranda (2017) encuentra su razón en la personalización del discurso producida por extensos periodos en el poder, en las falencias para resolver crisis y problemas sociales mediante los canales institucionales, aún contando con excesivas facultades otorgadas por un sistema presidencialista o hiperpresidencialista.

En consecuencia, el desgaste de la política es expresión de múltiples factores - entre ellos la falacia electoral y precaria democracia delegativa (Alcántara, 2016)- que ha repercutido en la confianza del electorado, que en algunos países ha implicado una bajísima tasa de participación electoral (Chile, 2016, alcanzó un 36%), o la elección de un bloque opositor tradicional.



Conclusión. Falta de lectura política a una sociedad en constante transformación.


Los giros políticos que ha enfrentado Latinoamérica durante las últimas cuatro décadas resultan indiscutibles, no así sus causas. Pues, como hemos esbozado, en primer lugar, tiene correlato histórico económico, que tras desaprovechar su “época dorada” no adoptando políticas públicas de inversión en capital humano, o fomentando la inversión, los emprendimientos, o mejorando y fortaleciendo las estructuras, actualmente, nos encontramos con economías desaceleradas, tratando de mantener

un crecimiento sostenido.

Por otra parte, existe consenso en el desgaste presentado por los partidos políticos tradicionales, que han exhibido fallas en su discurso, dejando en evidencias situaciones de corrupción, cohecho, cleptocracia, entre otras. Este desgaste se ha expresado en la forma de hacer política, que en la actualidad ha desencadenado la denominada “crisis de representatividad”, que ha desencadenado en falta de legitimidad de los representantes y falta de confianza en ellos por parte de la sociedad.

Pues, en una sociedad altamente globalizada e informada, la sociedad exige mayores instancias de participación e instrumentos de accountability respecto del ejercicio del poder. De ahí, entonces, la importancia de contar y fomentar una ciudadanía formada e informada, estableciendo instituciones robustecidas capaz de frenar el poder presidencial, e instaurando instancias participativas y deliberativas, en sintonía con la modernización tecnológica de las instituciones. En otras palabras, resulta menester “democratizar la democracia”.

Así las cosas, el desafío es dantesco, pues es imperioso recobrar la credibilidad y confianza del electorado a fin de legitimar el sistema político, mediante la erradicación de prácticas poco éticas, probas y transparentes; y asimismo, fomentar la participación de nuevos actores, institucionalizando instancias participativas- deliberativas, posicionando a la transparencia como pilar de las políticas públicas, elevando y diversificando los controles existentes, y reforzando las responsabilidades de sus intervinientes.

A este escenario además se ha sumado la crisis sanitaria y económica desencadenada por la pandemia del Coronavirus, y que ha puesto a prueba el liderazgo latinoamericano. Así, el manejo de las medidas adoptadas en este contexto implicará consecuencias políticas importantes para las democracias -pudiendo ser éstas positivas o negativas- en un momento en que las comunidades necesitan y esperan decisiones políticas rápidas y eficientes para controlar la Pandemia. Para ello, los gobiernos deberán efectuar mayores esfuerzos para brindar servicios públicos de calidad,que actúen oportunamente, innovando en el hallazgo de soluciones, y buscar apoyo en el sector privado a través de alianzas que le permitan responder a las múltiples demandas sociales.

En consecuencia, más allá de los giros hacia la derecha o izquierda, de los avances y retrocesos, existen desafíos permanentes y otros contingentes que independiente de la orientación política del gobierno de turno, se deben asumir. Así, a nivel genérico, detrás de los altos niveles de abstención electoral y baja participación en instancias políticas, el desafío es enfrentrar la crisis de representatividad, de desconfianza en políticos e instituciones políticas, mediante el fortalecimiento de la democracia, establecimiento de políticas de transparencia y accountability, y establecimiento de alianzas políticas y económicas regionales, garantizando un mínimo de protección de derechos en un contexto globalizado.


REFERENCIAS


 Alcántara, Manuel. Los ciclos políticos en América Latina. Revista Sistema. Junio 2016.

 Casilda, Ramón. América Latina, una potencia emergente en el Siglo XXI. Boletín Económico del ICE Nª 3039, 2013.

 Del Piano, Cristian. Algunas reflexiones en torno al contexto histórico de la Ronda Uruguay del GATT. Especial referencia al mecanismo de solución de diferencias. Actas de las XXXVII Jornadas de Derecho Público. Universidad Católica de Valparaíso. 2007.

 Entrevista a Gilberto Aranda. Metro Worlds Nevs. Publicada el 22 de noviembre de 2017. Disponible en: https://www.publinews.gt/gt/noticias/2017/11/22/esta-dando-america-del-sur-giro-hacia-la-derecha.html

 Herrera, Hugo. Chilezuela o la incertidumbre de lo político. La Tercera. Publicado 10 de diciembre de 2017.

 Krause, Martin. Economía, instituciones y Políticas Públicas. Editorial La Ley. Argentina. 2011.

 Núñez, Rogelio. Los falsos giros de América Latina dinámicas electorales en la región (2008- 2010). Revista Electrónica Iberoamericana. Vol 5, nº 1, 2011.

 Organización Internacional del Trabajo. Panorama Laboral del 2018. Disponible en: https://www.ilo.org/americas/sala-de-prensa/WCMS_655220/lang--es/index.htm

 Yopo, Boris. Un nuevo ciclo político en América Latina. Diario El Mostrador. Publicada el 22 de abril de 2016. Disponible en:

https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2016/04/22/un-nuevo-ciclo-politico-en-america-latina/